LOS OPORTUNISTAS
A medida que va pasando la primavera, casi todos los seres vivos sienten la apremiante necesidad de reproducirse. Esto lo podemos constatar si nos preocupamos un poco en mirar a nuestro alrededor. Por ejemplo, fijémonos en lo pájaros..., y en su medio.
Hoy es día 7 de mayo. Son las siete de la mañana. Los meteorólogos auguran una primavera fresca, pero hoy hará una calor de verano. A esta hora, sin embargo, todavía es agradable andar por los montes de Bellaterra. Cercana, como encajonada entre las montañas del prelitoral y estos montes, veo parte de la franja del Vallés Occidental, salpicado de pueblos y autopistas. El ruido de fondo del tráfico lejano me acompaña casi a todas partes a medida que camino por la pista, a pesar de los extensos pinares y algunas profundas hondonadas cubiertas de bosque. Además, decir que al llegar la noche, la luz de la ciudad resulta tan desagradablemente intensa, que ilumina levemente parte de estos montes. ¿Un medio adecuado para la vida? Tal vez todavía lo sea, con tal de que no le quitemos el bosque...
Es muy agradable observar la vida de las especies que nada tienen que ver con nosotros. Nada nos dicen, por tanto, nada nos piden, pero es muchísimo lo que nos ofrecen. Esos numerosos ruiseñores que cantan a los lados del camino, los reclamos de tantos mosquiteros papialbos llegados de Africa; también los comunes, cuyo canto - un monótono chiff, chiff, chiff....chaff - se deja oír en los robledales; el grito repentino e histérico del mirlo común; el rápido despegar volando de una pareja de pitos reales sorprendidos dándose un atracón de hormigas. Las currucas y los mirlos son otras de las especies canoras que se hacen sentir en primavera y verano. Aquéllas, durante todo el día; los mirlos se oyen especialmente al anochecer. Pero esto no constituye una regla rígida, sino que hay excepciones. El ruiseñor, por otra parte, canta día y noche. Y sólo en las horas de más calor parece atenuarse un poco la voz de casi todas las aves en esta época. Como colofón de fondo a toda esta sinfonía de cantos y llamadas, aún sigue con nosotros un ave parásita por excelencia: el cuco común. Busca frenéticamente un nido ajeno en donde depositar sus huevos. Y ajena a todo lo que voy observando, planea todavía sobre estos montes nada menos que el águila perdicera. Por supuesto, en el suelo, escondidos entre el estrato herbóreo, viven muchos conejos, según he podido comprobar cerca de la hondonada repleta de bosque y frondosas. También, como todo el mundo sabe, abundan en el monte.
Aquí es necesario hacer un punto y aparte, pues en el día de hoy puedo comprobar la existencia de un nuevo nido en la zona: el de un estornino pinto..., o negro. Aquí debo aconsejar a aquellos que estudian nidos, que se aseguren bien, pues a veces no es lo que parece. El nido fue construido, ciertamente, por un pica pica-pinos, pero lo está ocupando el estornino, y al parecer está muy contento con él, pues entra y sale con frecuencia, acondicionándolo. Debo confesar que me siento un tanto frustrado, pues hace algunos días un pito real y un pico pica-pinos se sentían atraídos por un tronco seco de la misma zona, pero ahora estoy comprobando que han dejado de acudir a él. Y si esto ocurre a estas alturas de la primavera, cuando la mayoría de las aves están poniendo ya, la esperanza de observar la construcción de un nido es mínima. Pero así es la primavera, una estación en la que la vida animal y vegetal renace y tiene sus pautas. Nosotros no podemos hacer nada, sino observar las maravillas de nuestra maltrecha naturaleza que aún nos queda. Sólo un último detalle más: hace unos días que oigo ese aflautado sonido de la llamada de las oropéndolas y hoy veo volar una de una frondosa a otra. Por tanto, nosotros somos meros actores en el gran teatro de la vida animal.
