LA REALIDAD Y LA FICCION
Me he preguntado muchas veces si las demás personas pueden en algún momento verse como yo me veo cuando me asomo al mundo ante la televisión, escuchando la radio o leyendo el periódico: como un mero e insignificante ser que forma parte de un todo, que es arrastrado por una fuerza suprema de gobernantes que dicta leyes -muchas veces sin ton ni son- y que estás obligado a obedecer.
En el mundo actual, que es el mundo de la información, de los grandes viajes espaciales, de las grandes conquistas en el campo de la medicina, de la agricultura, pero también el de la manipulación informativa, el de la radicalización entre buenos y malos y el de la falta casi total de sentimientos hacia el prójimo, muchas personas no encuentran su sitio, a pesar de tener grandes dotes personales. ¿Cuál es el problema?
Sí, evidentemente hemos progresado en muchos aspectos -y negarlo sería no tener dos dedos de frente-, pero hay algo que cualquier persona bien nacida admitiría: que en muchas cosas vivimos una auténtica ficción. Tendemos a ver los problemas del mundo como algo completamente ajeno a nosotros, algo que sólo les ocurre a los demás. Vemos el mundo a través de los informativos de televisión y los damos por buenos. Mucha gente ha perdido la capacidad de raciocinio. Cada día parece una película. Hace unos días desapareció en el Atlántico un avión francés con 228 personas a bordo, hoy nos enteramos de que los nativos de la selva del Perú se enfrentan al gobierno con lanzas para defender sus tierras, pues ahora pretenden que la Ley permita a los extranjeros cortar árboles y comprar tierras en la selva. En Afganistán, Irak o Pakistán muere un promedio de 50 personas diarias en atentados terroristas, entre ellas muchos niños. Nos cuentan que cada día mueren de hambre miles de niños en todo el mundo, especialmente en Africa y América Latina. Y así un rosario de desgracias cotidianas, que la inmensa mayoría de ciudadanos del mundo piensa que es algo inevitable. Y precisamente por ser inevitables, no se les da la importancia que requieren. ¿Será que somos tan mezquinos, tan inconscientes, tan insensibles y tan pobres de espíritu -aquí hay que incluir también a los gobernantes-, que realmente lo vemos casi todo como si se tratara de una película de ciencia ficción?
Con semejante panorama hay, sin embargo, muchísimos gobernantes - sean de derechas o de izquierdas- que aún se atreven a pronosticar un mundo mejor. Sólo mencionaré uno: Barack Obama. Se trata de un hombre lleno de buenas intenciones. Pero para mejorar el mundo no bastan sólo buenas intenciones. Se necesitan soluciones inmediatas. Y lo paradójico es que existen, que éstas sí son reales. Por poner un ejemplo, con los adelantos actuales en la agricultura se podría dar de comer a todos los hambrientos del mundo. Pero el problema para Obama es que el resto de las personas ricas lo serían menos. Así pues, esto no será posible. La sociedad capitalista -en la que casi todo el mundo moderno está metido- lleva como carta de presentación la desigualdad, la avaricia, y el menosprecio a los pobres y desheredados de la tierra.
Jamás en la historia del mundo se ha llegado a tal refinamiento en las malas acciones del hombre en el mundo, como en estos últimos dos siglos. Ello queda fuera de toda duda. ¿Cómo echar a andar por el buen camino? Diversas iglesias, siempre garantes de los sentimientos de una parte de la población, hace tiempo que predican que la única solución es la venida de Nuestro Señor, como se anuncia en la Biblia. Pero, ¿y mientras tanto?.
Existe un argumento fundamental que muchos exhiben a la hora de afrontar los problemas del mundo: que como la cosa no tiene arreglo y, si lo tiene, yo no lo veré, paso de todo. Bueno, de todo, menos del fútbol, dirían muchos jóvenes. Ellos también viven su mundo de ficción. Y con ello contribuyen a que los problemas no se solucionen. Los que creen en algo, sin embargo, a la larga acaban siendo más felices que los pasotas.
Es una verdadera calamidad y un lastre para el ser humano su propia existencia. Así ha sido siempre. Obama no solucionará el problema. El sigue asistiendo a cumbres, visitando cementerios en Normandía con motivo del aniversario del desembarco, tratando de solucionar la crisis que los grandes financieros - entre ellos, sus paisanos- han provocado. Quizá pronto inventará una guerra -probablemente Irán-, tratando de demostrar al mundo que tiene razón. Se mueve en un mundo de ficción. Pero la ficción de unos hace sufrir a la inmensa mayoría de ciudadanos.
Muchas cosas tendrían que cambiar en nuestra forma de pensar para que los graves problemas -los más graves de la historia de la Humanidad-, se solucionaran o tan siquiera se mitigaran un poco, al menos lo suficiente para dejarnos respirar sin avergonzarnos de nuestra condición humana. Mientras tanto, seguiremos matando, expoliando, guerreando, exterminando pueblos indígenas, cometiendo actos terroristas y un largo etcétera.
Finalmente, en mi opinión existe una solución aparentemente sencilla y clara, que actualmente es pura ficción: repartir. Para ello hacen falta, sin embargo, leyes que den a cada uno lo que le corresponde y no lo que él pueda conseguir, que, como se sabe, son conceptos muy distintos. ¿Demagogia? Demagogia o no, la historia te demuestra lo mal que nos ha ido hasta ahora con el viejo sistema que tenemos. Mientras tanto, recemos para que algún día pueda haber paz en el mundo, para que no nos destruyamos a nosotros mismos pulsando el botón atómico de la avaricia, el individualismo y el odio, a no ser que, al fin, venga Nuestro Señor a solucionarnos el problema.
